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jueves, 10 de noviembre de 2011

Las escrituras de las sábanas

Sigo semana a semana la manera en que Mora Torres engarza historias para dar a conocer las monografías recientes en monografías.com. Esta vez se lucio con un cuento erótico de gran peso y sutileza.

Ella lo rescató de sus archivos y Erotiz_Arte lo hace de la blogósfera porque justo convina lo que el nombre de este blog pretende comunicar Se vale opinar


Era domingo por la noche y era un ambiente de milagro el que creaban las sábanas dibujadas con raros caracteres, la vacilante luz que llegaba desde la cocina, la ropa amontonada a los pies de la cama, el silencio surcado de pequeñas respiraciones y del sonido del reloj, que no hacía tic tac sino que repetía locamente una palabra, una palabra que golpeaba, como hu-lé hu-lé, o col-mó col-mó.
“¡Basta”, se ordenó a sí mismo Guido; “ahora debo dormir.”
Mañana empezaría a dirigir el Taller Literario y esto lo importunaba.
Él era un escritor, no un profesor, ni un crítico, ni un erudito. ¿Y qué significaba un taller literario?
Taller era una escuela, un seminario, un estudio de pintor, no de escritor.
No entendía muy bien, pero había aceptado el nombramiento porque el trabajo como cronista de policiales en el pequeño diario El Regional estaba muy mal pago.
Se durmió; cuando se despertó el bebé lloriqueaba a su lado, y no había nadie más en la casa.
Preparó el biberón y se aplicó a alimentar a Pedro. Con la luz de la mañana habían desaparecido las escrituras de los duendes y lo que había sobre las sábanas eran manchas de comida, de talco con aceite, de ungüentos ásperos, de menstruaciones y café.
Perla -al volver de llevar a los chicos mayores al colegio-lo vio vistiéndose con el traje marrón y la camisa y la corbata beiges.
Ella le dijo en broma:
“Te adornaste para seducir talleristas” -y un milímetro de milímetro se le desvió el ojo derecho. Ella era muy delgada, de cabellos opacos, pero su encanto refulgía cuando le aparecía la bizquera.
Sin embargo, Guido miró el reloj y comprobó con pena que se había hecho demasiado tarde.
Pensó en la fauna mitológica que debería afrontar dentro de un rato: señoras que al llegar a la edad madura habían presentido que su vocación era escribir; solteras decepcionadas que buscaban un novio literato; románticas que olían a lavanda y se llevaban la mano al corazón recitando los veinte poemas de Neruda, y más aún su canción desesperada.
Al comparecer en el Taller, nada era muy distinto de lo que había imaginado.
“Escribir es muy fácil”, empezó a decir Guido. “Tenemos todas las palabras y sólo hay que tomarlas y acomodarlas bien. Es como armar un rompecabezas, están todas las fichas…”
“Con una diferencia”, interrumpió una pelirroja deslumbrante. “Que al rompecabezas hay que armarlo siguiendo un modelo. Uno no puede dejar un brazo sobre la cabeza, o poner una pierna a manera de cara. Hay que hacerlo perfecto. Con la escritura es diferente; uno debe crear un modelo especial de figura, un hombre con tres ojos, al que le falten y le sobren piezas.”
A Guido lo que le sorprendió no fue la teoría sino la silueta altamente provocativa de la pelirroja. Al llegar no la había notado. Era como si hubiera nacido de esa masa de señoras informes que pedían a gritos una flor, un poema o un amante.
Guido leyó en voz alta algunos párrafos de cuentos y poemas que le alcanzaron manos temblorosas. Corrigió, descalificó muy dulcemente, descubrió dos o tres palabras juntas que podían ser buenas, elogió esfuerzos, aconsejó lecturas.
Al terminar estaba tan cansado y enojado consigo mismo que pensó que no podría volver el otro lunes al Taller, y se quedó dormido ahí, en un sillón de pana verde que le habían asignado.
Soñaba que él no era Kafka, pero una voz de mujer, grave y ardiente, le dijo desde la puerta, y esto no era parte del sueño:
“Leí todos tus cuentos publicados, hace mucho que deseaba conocerte, Guido”, y ahí estaba la pelirroja.
Era Helena con hache, un detalle determinante para ese momento de Guido. La hache la bordaba con canciones griegas.
Y parecía muy sabia Helena -transfiguraba la conversación sobre literatura con su voz y sus gestos; la convertía en duendecillos, en huesecillos.
El humo que los rodeaba se hacía muy voluptuoso. El residuo que quedaba eran imágenes que se rompían, burbujas donde ellos dos, Guido y Helena, iban hacia un lugar, un prado, de transparencia y desnudez.
“Ahora tengo que ir a mi trabajo del diario, y lo lamento porque es hermoso conversar de este modo con vos”, dijo Guido, escurriéndose el humo, el residuo y el prado.
“Podemos seguir conversando en mi casa esta noche”, le sugirió la pelirroja.
Guido pasó toda la tarde en El Regional intentando escribir una nota sobre la niña violada en San Alberto, noticia que había trascendido al mundo porque en el caso estaban implicados políticos, empresarios, y un director de cine.
Le costaba escribir.
Sobre el papel, más que la niña violada en San Alberto aparecía la pelirroja con todo su esplendor, llamada Helena con gran clarividencia de sus padres, porque qué reinos no era capaz de destruir, y qué otros de opacar, como el reino tan hasta hoy indestructible de las sábanas sucias.
Salió del diario rápidamente, antes, sin haber terminado la nota, con ansiedad frenética.
Pero ahora, después de haber bailado con la ráfaga roja y después de haber sido conducido hasta la habitación donde Helena apartó el cubrecama de piel de leopardo y la lujosa funda almidonada, no sabía qué hacer. No podía seguir, acariciaba con la punta de los dedos el bordado ostentoso del doblez de la colcha, y más se desinflaba, más se helaba, más se ablandaba y se percibía como una babosa presa en la jaula del tigre.
Se vistió como un enajenado, corrió a su casa y constató el hu-le hu-lé junto al col-mó col-mó.
Perla yacía entre las sábanas escritas, todavía despierta sin embargo, con el milagro de los raros caracteres y de la ropa de niño amontonada; y la besó y la llenó de prados, de burbujas, de señoras calientes, de violadores, de noticias, de pelirrojas incitantes, como si la luz de la mañana -reveladora- no fuera a llegar nunca, para toda la vida, para todos los días era noche y misterio.

martes, 8 de noviembre de 2011

El amarre, hechicería erótica

Literatura | Publicaciones, libros y discos | Librerías


Publicado en Cultura UNAM


Una novela romántica, desprejuiciada y divertida de la escritora Margarita Peña, especialista en literatura novohispana y española del Siglo de Oro
 Con más de 40 años dedicados a la enseñanza e investigación de las letras hispánicas, Margarita Peña publica El amarre, novela que combina la historia de amor, la bitácora erótica, un cuaderno de viaje y el desarrollo psicológico y moral de su personaje principal.
A la presentación del texto asistieron Alejandro Toledo, Adriana Cortés, Rocío Barrio y Armando González Torres, quienes comentaron la obra. También se escucharon las palabras de Anamari Gomis, quien no pudo asistir al evento.

El amarre relata la historia de Miranda, una joven y solitaria abogada que se enamora profundamente de Alonso Mendizábal, un talentoso y engreído ingeniero que va de paso por el pueblo de ésta. Desesperada, y ante la inminente partida de Alonso, decide hacer uso de la hechicería erótica de su localidad para obnubilar la voluntad del ingeniero y generar una atracción sexual irresistible entre ambos.

Así, pese a la ferviente adhesión erótica que el ingeniero Mendizábal siente hacia su amada, las diferencias de carácter y los objetivos de vida siguen siendo abismales. Miranda, sin embargo, cegada por su egoísmo, necedad y sentimiento exacerbado de afección, abandona su hogar para acompañar a Alonso en un largo viaje de trabajo que juntos los lleva por diferentes latitudes del globo como Brasil, Alemania y Londres, entre otros destinos.
La historia relata el descubrimiento personal de Miranda a partir del abanico de posibilidades que los viajes, el amor, y las situaciones improbables a las que se somete ella misma le ofrecen día a día.
En El amarre, Margarita Peña consigue un divertido inventario sentimental y retoma la historia romántica sin prejuicios y ataduras sociales, abriendo las posibilidades de comprensión en las pasiones, según palabras de Rocío Barrio.

Para el poeta y columnista Armando González Torres, El amarre es "un magnifico relato de una relación de pareja poco convencional y una serie de descubrimientos emocionales y carnales" donde "el humor, la sencillez y simpatía de los protagonistas hacen que su lectura sea amena y dilecta."

El amarre, de Margarita Peña, está editado en serie Rayuela de la Dirección de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM.


Edgar Durán

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